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viernes, 5 de marzo de 2010

Elia, la otra cara del Eva Perón

Ajenos, los niños juegan en los columpios del gran rectángulo de tierra del parque Eva Perón, mientras la policía patrulla en oscuras gafas de sol a bordo de silenciosas motos. Limpiando de droga el recreo infantil le piden a Elia que primero se identifique. Cotejan sus datos. Sin antecedentes judiciales. Segundo: “Póngase en pie, vamos a cachearla”. Accede: “Son agentes de la autoridad, no tengo problemas en colaborar, siempre que no se confundan conmigo”, explica desde el mirador del parque a Manuel Becerra.

Las manos enfundadas de los agentes recorren su ondulado pelo rojo anaranjado, pasan por su oscura chaqueta de cuero ceñida y por las cremalleras que la clasifican; recorren el tutú que la viste y los pliegos de fina tela como de papel celofán con que se abriga el pecho, para concluir en su gran bolso negro, imposible de cerrar por los tochos de papel que alberga.

Elia tiene “cuarenta y muchos” y había sido bailarina de claqué hasta que, hace nueve años, uno de sus cuatro hijos murió. Sus cenizas las custodia la iglesia de Covadonga, junto al parque tan querido para ella, donde ahora se encuentra en compañía de su tío Jesús, de 59 años y ex guardia civil, y de David, 28 años y compañero de piso de su marido. Pese a que no ha dejado de sentirse “incómoda” por los frecuentes registros y redadas a los que se ve sometida, piensa que los policías españoles son muy buenos: “Te protegen y te cuidan, no como los de Méjico, que me robaron las joyas y una chaqueta”.

Mirada joven, de ojos verdes transparentes y, en apariencia, llenos de psicología. Elia se levanta a las ocho de la mañana todos los días y no termina su jornada hasta las dos de la noche atendiendo negocios: “Un centro de teleoperadores, un bar de copas al final de la calle López de Hoyos y una tienda de ropa en Gandía que abre en Semana Santa y cierra en octubre”, enumera al tiempo que asegura pagar “500 euros” por publicitar sus empresas en los principales periódicos nacionales mientras se hidrata el contorno de ojos. Ya dejó de regentar un hostal en la calle de San Marcos donde “un buen día” le hicieron una redada. “Lógicamente, no pasó nada. Enseñé el libro de registros, que siempre está en orden, y se fueron por donde habían venido”, narra Elia.

Elia, gran comunicadora y relaciones públicas, asegura que no tiene “nada que reprochar” a la policía, salvo la “mala imagen” de su bar de copas por las multas que acumula “por no cerrar a la hora que estipula la ley”. Pero, explica, restándolas importancia: “Soy una experta en hacer pliegos de descargo [escritos de alegaciones para evitar que una multa se tramite]”.

Quizá esa concepción tan positiva hacia los agentes de autoridad radique en la “buena voluntad” que demostraron el día en que dos de ellos timbraron a su ático de la calle Francisco Silvela. Traían una orden de registro. “No conocía la ley y daba cobijo a 38 gatos”. A partir del sexto animal, la Administración exige obtener la licencia de núcleo zoológico para asegurar las condiciones de higiene a los vecinos del inmueble, “que se chivaron”, apuntala. “Enseñé las cartillas de todos y cada uno de mis animales a una veterinaria que llegó a hacer la inspección y conseguí la licencia porque comprobaron que los gatos estaban atendidos”, relata emocionada. Medio en broma, Elia confiesa que toda su herencia “irá a parar a ellos” y a un podenco que también le hace compañía. Sus compañeros de tarde ríen: “¡Eso es amor por los animales!”.

sábado, 13 de febrero de 2010

La "marea verde" iraní contraaca en otra celebración, pero pierde fuerza

Pietro Masturzo, ganador del World Press Photo 2009 de fotoperiodismo con su instantánea "Desde los tejados de Teherán"

La "marea verde" se echó de nuevo a la calle en un acto de conmemoración, pero perdió fuerza. Esta vez en el aniversario del triunfo de la revolución islámica (1979), al igual que lo hiciera el pasado 27 de diciembre en la festividad religiosa de la Ashura.

El régimen iraní había prohibido las manifestaciones para ese día, pero sabía que contener a sus detractores no iba a ser tarea fácil. Teherán se levantó sitiada por los furgones de policía, pero el movimiento "verde" tiene un claro objetivo: desestabilizar el Gobierno de Mahmud Ahmadineyad.

Para evitar las comunicaciones entre sus opositores, el presidente de la República anunció la "clausura permanente" de "Gmail"; además, por vez primera, Ahmadineyad no acreditó a la prensa extranjera para cubrir el evento; y, lo más impactante, la prensa oficial evitó toda referencia a las protestas que llevaron a la caída del sha por temor a posibles paralelismos.

Desde Francia, hace 31 años, el ayatolá Jomeini urdió una revolución popular para derrocar al sha Mohammed Reza Pahlevi. "El sha representaba un cauto laicismo frente al sometimiento a la ley musulmana", explicó Darío Valcárcel, director de la revista "Política Exterior", que vivió aquellos días intensamente.

"Diez días del Amanecer"

Así se conoció al periodo entre el 1 y el 11 de febrero de 1979 en el que el ayatolá Jomeini se proclamó líder supremo provisional. Fueron días de euforia. El nuevo régimen teocrático prometía igualdad, justicia social y libertad. Dos meses después, el 11 de abril, los iraníes daban, en referéndum, su confianza masiva a Jomeini y se oficializaba la República Islámica de Irán.

31 años después, los "diez días del Amanecer" han transcurrido en una órbita contraria a la prometida inicialmente. Periodistas iraníes denuncian, desde el exilio, "secuestros nocturnos", "desapariciones" y un "estado de terror policial".

Desde que el "movimiento verde" comenzara a manifestarse en junio de 2009 -tras denunciar unas elecciones generales "fraudulentas", según Musavi, líder del principal partido opositor de Ahmadineyad- Amnistía Internacional asegura que, aunque las autoridades reconocieron "40 muertos", la cifra real es de, al menos, "80, y posiblemente muchas más". Según la organización, "miles de personas han sido detenidas, torturdas o maltratadas. Decenas acusadas de delitos vagamente formulados y se cree que más de un centenar de personas han sido condenadas a penas de prisión, flagelación o muerte".

Inflación, paro y crisis

"El régimen sabe que en una situación de debilidad económica es mayor la inestabilidad política", aseguró Gustavo de Arístegui, diplomático y portavoz de Exteriores del PP, cuando la "marea verde" comenzó a tomar las calles del país.

La Oficina Comercial española en Teherán asegura que "la inflación en Irán, cercana al 30 %, está teniendo un impacto muy negativo en la población"; el analista del Mundo Árabe del Real Instituto Elcano, Haizam Amirah Fernández, responsabilizó a la política de subsidios de Ahmadineyad de "absorber" el 17 por ciento del gasto público en 2007. El paro, según el Gobierno iraní, se eleva al 10 % -aunque diversos analistas económicos aseguran que la cifra es de un 20 %, fundamentalmente de menores de 25 años- y la industria petrolera del país atraviesa una fuerte caída del precio del crudo.

Las férreas sanciones comerciales que EE.UU. interpone constantemente a Irán y las malas relaciones con la comunidad internacional a causa de su plan nuclear "ahogan", según Arístegui, a un régimen dividido, "quizá todo ese escenario pudo aprovecharlo el líder opositor, Musavi, para ganar adeptos entre los desencantados con Ahmadineyad", asegura el diplomático.

Ahmadineyad, a este conyuntura, responde con represión, haciendo desaparecer a sus opositoes y prohibiendo libertades fundamentales.

jueves, 11 de febrero de 2010

El mercado de la Paz, una joya escondida en el barrio Salamanca

Ponga atención, que se lo pasa, los tesoros están escondidos. Paseando por la calle Ayala, a la altura del 28, corre el riesgo de no percatarse de que, de repente, se abre un callejón entre la monotonía de portales y tiendas. Haga un paréntesis en su agitada rutina y descubra lo que el mercado de la Paz guarda en su interior.

Para combatir el desorden que en el siglo XIX se producía en los puntos de venta -mercancías apiladas en los suelos de la calle, venta ambulante, escasez de controles higiénicos...- Madrid llevó a cabo un proceso de construcción de mercados, iniciado con el de la Cebada, en 1870, el de los Mostenses, en 1875, en de Chamberí, un año después, y, por último, el de la Paz, en 1882.


Todavía conserva la estructura de hierro y hormigón con la que fue levantado inicialmente y en sus estrechos pasillos se mezcla la tradición y la modernidad de sus impecables tiendas: 72 en total, entre carnicerías, pescaderías, fruterías, pollerías, casquerías, charcuterías, panaderías, ultramarinos, bares, bodegas, droguerías, mercerías, puestos de congelados, floristería, herbolario, fontanería, cuchillería, una tienda de reparación del calzado, un taller floral, una tienda de ropa, una de regalos, un puesto de prensa, una tapicería, una tienda de electricidad, una tienda de reforma de baños, una de mantelerías y de ropa de baño y una tintorería.

El mercado conoce tres siglos en los que la devoradora economía de mercado le ha puesto entre las cuerdas. Pero, gracias a las ayudas de la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid –a través del Plan de Rehabilitación y Mejora de Mercados y Galerías Comerciales y de Dinamización del Comercio de la Comunidad de Madrid –ha conseguido adaptarse al nuevo público, modernizarse y sanear una imagen denostada a causa del abandono al que los mercados de la capital fueron sometidos durante décadas y el gran auge de los supermercados convencionales. Eliminar las barreras arquitectónicas para las personas con movilidad reducida, permitir el pago con tarjeta, instaurar el servicio a domicilio o facilitar el aparcamiento son algunas de las medidas que el proyecto municipal ha propiciado en el mercado de la Paz, preservando así una joya de nuestro pasado.

Vanguardia e innovación

Si hay algo de lo que presuma el mercado de la Paz es de que, en sus 2.300 metros cuadrados de superficie, vende productos «de primer nivel» en el barrio más «exclusivo» de la capital y para un público muy «escogido» debido a su poder adquisitivo.

Carlos Rodríguez es el gerente de «Hamburguesa Nuestra», un pequeño comercio cercano a la entrada del mercado por la calle Claudio Coello 48 que tiene su punto de ventas también en el mercado de Chamartín. Antes de instalarse, «hace dos meses», tenía dudas de si sus «innovadores y distintos» productos serían acogidos correctamente por el «conservador» público del barrio, pero le ha bastado poco tiempo para darse cuenta de que ocurre «todo lo contrario»: «La gente se atreve con hamburguesas de "foi", de cuatro quesos, con especias… Es realmente un público de mucha calidad. Se deja aconsejar y es muy fiel. Repite todas las semanas».

Es el caso de Marisa, madre de seis niños, que aprovecha su horario escolar para hacer la compra y darles de comer «lo mejor». Vive «un poquito más arriba de la calle Ayala» y, aunque le quedan más cerca los típicos supermercados donde, asegura, «también hay de todo», prefiere darse una vuelta por el mercado de la Paz y comprar allí. Arrastrando su carrito saluda a María, la carnicera, y a José, el droguero. «Hace 28 años que vivo en el barrio y me conozco a toda la calle», asegura. No le importa gastar «un poco» más de dinero si con ello va a «contentar» el «exigente paladar» de su marido. «Hago una compra rápida, suelo llegar a las nueve de la mañana, cuando abre el mercado, y a esa hora hay poca gente. Es mejor que llegar a mediodía, cuando hay colas, o por la tarde, cuando empiezan a llegar los oficinistas del barrio».

Lucio apura la hora de cierre. No puede llegar antes. Su «intensiva» jornada laboral, en una agencia de viajes en la calle Lagasca, no le «suelta» hasta las 19.30 horas. «Muchos días como aquí, los bares siempre están a tope a esa hora, además, cuando salgo, me resulta muy cómodo hacer la compra en el mercado porque tengo el coche en un garaje de la agencia», comenta mientras recoge la carne que acaba de comprar.

El barrio es uno de los más conflictivos de la ciudad para encontrar aparcamiento, una razón muy utilizada por los clientes para preferir comprar en otros lugares con mejor acceso. Por ello, hace unos años el mercado firmó un convenio con el próximo parking de la calle Velázquez. «Enseñando un ticket de compra retiras el coche gratuitamente, pero hay veces que el parking está a tope, y encontrar un hueco libre en zona azul [aparcamiento urbano destinado a los conductores que carecen de tarjeta de residente. El ticket de parking sale más económico que el de zona verde, utilizado por los empadronados en el barrio] es imposible a determinadas horas», afirma Luís, un ejecutivo en sus cincuenta que confiesa estar «enamorado» del mercado de la Paz. «Mi suegra me pide que le compre la lana de las mercerías de aquí para hacer los jerseys de los nietos».

Dan las 20.30 horas y en el mercado de la Paz se empieza a oír el ruido de cierre. Sus vallas de aluminio empiezan a echarse, el olor a pescadería impregna la atmósfera y sus dependientes comienzan a marcharse. El mercado poco a poco se va despoblando. Hasta mañana.




domingo, 7 de febrero de 2010

Haití padece una profunda depresión_Fernando Prados, Médico del Samur desplazado a la catástrofe: "Tras el terremoto, el Gobierno desapareció"

Cuentan que el negro es el color de la fatalidad y del pesimismo. Simbólicamente, de la ausencia de "luz", necesaria, según algunos eruditos y guías espirituales, para reconstruirnos y rehacer nuestras vidas en estados de depresión. Negros son los haitianos y su realidad, a tenor de los últimos hechos, se perfila del mismo color, el del Tercer Mundo.

Haití, sumido en la pobreza, el caos y la inestabilidad política parece no presentar resquicio alguno donde albergar esperanza, fondear orgullosas banderas y escudos y cantar «La Dessalinienne», su himno nacional.

Puerto Príncipe es hoy una capital ocupada por las tropas internacionales, dependiente de la solidaridad del resto de naciones y ataviada por toneladas de escombro. La miseria, la ruina y el hambre son los únicos motores de crecimiento disponibles para una economía salpicada por la corrupción y la delincuencia. O, al menos, así lo indica la ONU en su Índice de Desarrollo Humano al colocar al país antillano en el puesto 150 de 177. El más pobre de América.

El toque de gracia

Sin ley y sin Estado, la precaria normalidad que vivía la población de Haití antes del terremoto terminó por derrumbarse durante los quince segundos que duró la sacudida, el pasado 12 de enero; y con ella, instituciones públicas, ministerios y hasta el mismísimo Palacio Presidencial, poco sólidos pero, en definitiva, emblemas de independencia y funcionamiento como nación, se vinieron abajo. Decenas de miles de almas sepultadas bajo sus propias casas, familias enteras fallecidas y miles de huérfanos son sólo pinceladas de una realidad que Fernando Prados, jefe del departamento de protección civil del Samur conoce muy bien.
«Recibí una llamada. Me dijeron que en Haití había habido un terremoto. Me preguntaron si quería ir a la zona afectada y dije que sí».

Allí pasó doce días. Al llegar, le sorprendió que no existiera ningún tipo de organización gubernamental: «La diferencia de Haití con las demás misiones a las que he asistido —Indonesia, Pakistán, Marruecos y El Salvador— es que todo era un caos. Así como en los tsunamis de Banda Aceh, la mayor catástrofe natural de la historia conocida, había una organización general por parte de sus poderes públicos, en Haití el Gobierno desapareció».

Tras casi cuatro horas dando vueltas sobre el aeropuerto de Puerto Príncipe, Prados, acompañado de un equipo de dos anestesistas, un pediatra, nueve médicos de emergencias, técnicos, enfermeros y 21 toneladas de material quirúrgico tocó tierra: «Fue realmente difícil llegar allí. El aeropuerto lo controla EE.UU. y son ellos quienes dan la orden de aterrizaje o despegue».

Supeditados a las órdenes de los Cascos Azules de la ONU en todo momento, Prados y su equipo contrataron a un conductor «que sólo tenía combustible para 70 u 80 kilómetros» para tomar contacto con la situación real. Tras observar las condiciones en que se encontraba el hospital universitario de La Paz Fernando Prados supo que allí establecerían su base de operaciones: «En Haití hemos podido comprobar lo que es la “medicina de catástrofe” de verdad, esa en que la demanda asistencial supera las capacidades que tienes de atenderla. Teníamos que hacer una criba para centrarnos sólo en las vidas que pudiéramos salvar. A los que se morían, sólo podíamos anestesiarlas para calmar su dolor».

En turnos de doce horas, «trabajando a destajo», pusieron en marcha tres quirófanos donde atendieron, sobre todo, amputaciones por necrosis. «Tardamos cinco días en organizarnos. No dejaban de llegarnos gente envuelta en cartones y tumbados en las puertas de los edificios derrumbados.
Aunque Prados reconoce que el comportamiento de los haitianos heridos fue excelente: «Sabían en todo momento que su vida dependía de nosotros y se pusieron en nuestras manos», el doctor tuvo la sensación de que «los haitianos sanos no ayudaban. Aquí no existía eso de que la gente se acercara a colaborar».

Una buena noticia

En los primeros días, Fernando Prados y su equipo no atendió ningún parto: «Era raro porque los niños no dejan de nacer, aunque si yo fuera una madre no hubiera elegido aquel hospital para dar a luz a mi hijo», explicó el médico. Pero, «Al tercer día nos llegó una embarazada enferma. Todos pensábamso que extraeríamos un feto muerto, mas no fue así. El nacimiento de aquella niña significó la primera buena noticia de aquella estancia».

Más adelante llegó otra. Una niña, nuevamente: «Había estado seis días bajo los escombros y parecía un cadáver. La trajo su madre, que cuando fue a llorarla al lugar donde, creía, había muerto oyó su voz entre la ruina. Llamó a los servicios de rescate y consiguieron salvarla. Estaba deshidratada pero, en seis horas, la niña comenzó a moverse y a mejorar.

Andrés Ibáñez y el amor por las palabras

Le encanta "2001, una odisea en el espacio", Murakami, Borges, Lynch y la serie "Perdidos". Detesta a Delibes, a Cela, a Ruiz Zafón, a todo tipo de autoridad, a Nabokov, a Joyce y Flaubert. Andrés Ibáñez (Madrid, 1961) no se corta al hablar de sus gustos. Columnista semanal en ABCD y en el portal digital Frontera D, no estudió Periodismo, sino Filología Hispánica, quizá por eso asegura: "Nunca me he sentido un periodista". Prefiere considerarse novelista, y no es para menos.

Piensa en clave de Literatura y de metáfora. Está completamente imbuido por las palabras y dice: "Soy un novelista de la era de Acuario, de esos que escriben con hedonismo y para dar placer". Su arte, cuenta, tiene que ver con la imaginación y la belleza "porque es la mejor manera de expresar el mundo de los sentimientos y de los recuerdos". Ibáñez construye sus novelas musicalmente porque es un apasionado del jazz, de hecho tocó en una banda durante 10 años: "Cuando escribo no me fijo tanto en una trama o en un personaje sino en la música, que es creatividad, improvisación".

Con su obra "Memorias de un hombre de madera" obtuvo el Premio Tristana de Literatura Fantástica en 2009 y sus temas hablan, sobre todo, "de la evolución interior, del mundo de la imaginación, del despertar espiritual y de lo mejor de las tradiciones", dice irónico, consciente de que todavía es pronto para encasillar su obra, y es que a sus 48 años a Andrés Ibáñez todavía le queda mucha creatividad que regalar.