Para combatir el desorden que en el siglo XIX se producía en los puntos de venta -mercancías apiladas en los suelos de la calle, venta ambulante, escasez de controles higiénicos...- Madrid llevó a cabo un proceso de construcción de mercados, iniciado con el de la Cebada, en 1870, el de los Mostenses, en 1875, en de Chamberí, un año después, y, por último, el de la Paz, en 1882.
Todavía conserva la estructura de hierro y hormigón con la que fue levantado inicialmente y en sus estrechos pasillos se mezcla la tradición y la modernidad de sus impecables tiendas: 72 en total, entre carnicerías, pescaderías, fruterías, pollerías, casquerías, charcuterías, panaderías, ultramarinos, bares, bodegas, droguerías, mercerías, puestos de congelados, floristería, herbolario, fontanería, cuchillería, una tienda de reparación del calzado, un taller floral, una tienda de ropa, una de regalos, un puesto de prensa, una tapicería, una tienda de electricidad, una tienda de reforma de baños, una de mantelerías y de ropa de baño y una tintorería.
El mercado conoce tres siglos en los que la devoradora economía de mercado le ha puesto entre las cuerdas. Pero, gracias a las ayudas de la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid –a través del Plan de Rehabilitación y Mejora de Mercados y Galerías Comerciales y de Dinamización del Comercio de la Comunidad de Madrid –ha conseguido adaptarse al nuevo público, modernizarse y sanear una imagen denostada a causa del abandono al que los mercados de la capital fueron sometidos durante décadas y el gran auge de los supermercados convencionales. Eliminar las barreras arquitectónicas para las personas con movilidad reducida, permitir el pago con tarjeta, instaurar el servicio a domicilio o facilitar el aparcamiento son algunas de las medidas que el proyecto municipal ha propiciado en el mercado de la Paz, preservando así una joya de nuestro pasado.
Vanguardia e innovación
Si hay algo de lo que presuma el mercado de la Paz es de que, en sus 2.300 metros cuadrados de superficie, vende productos «de primer nivel» en el barrio más «exclusivo» de la capital y para un público muy «escogido» debido a su poder adquisitivo.
Carlos Rodríguez es el gerente de «Hamburguesa Nuestra», un pequeño comercio cercano a la entrada del mercado por la calle Claudio Coello 48 que tiene su punto de ventas también en el mercado de Chamartín. Antes de instalarse, «hace dos meses», tenía dudas de si sus «innovadores y distintos» productos serían acogidos correctamente por el «conservador» público del barrio, pero le ha bastado poco tiempo para darse cuenta de que ocurre «todo lo contrario»: «La gente se atreve con hamburguesas de "foi", de cuatro quesos, con especias… Es realmente un público de mucha calidad. Se deja aconsejar y es muy fiel. Repite todas las semanas».
Es el caso de Marisa, madre de seis niños, que aprovecha su horario escolar para hacer la compra y darles de comer «lo mejor». Vive «un poquito más arriba de la calle Ayala» y, aunque le quedan más cerca los típicos supermercados donde, asegura, «también hay de todo», prefiere darse una vuelta por el mercado de la Paz y comprar allí. Arrastrando su carrito saluda a María, la carnicera, y a José, el droguero. «Hace 28 años que vivo en el barrio y me conozco a toda la calle», asegura. No le importa gastar «un poco» más de dinero si con ello va a «contentar» el «exigente paladar» de su marido. «Hago una compra rápida, suelo llegar a las nueve de la mañana, cuando abre el mercado, y a esa hora hay poca gente. Es mejor que llegar a mediodía, cuando hay colas, o por la tarde, cuando empiezan a llegar los oficinistas del barrio».
Lucio apura la hora de cierre. No puede llegar antes. Su «intensiva» jornada laboral, en una agencia de viajes en la calle Lagasca, no le «suelta» hasta las 19.30 horas. «Muchos días como aquí, los bares siempre están a tope a esa hora, además, cuando salgo, me resulta muy cómodo hacer la compra en el mercado porque tengo el coche en un garaje de la agencia», comenta mientras recoge la carne que acaba de comprar.
El barrio es uno de los más conflictivos de la ciudad para encontrar aparcamiento, una razón muy utilizada por los clientes para preferir comprar en otros lugares con mejor acceso. Por ello, hace unos años el mercado firmó un convenio con el próximo parking de la calle Velázquez. «Enseñando un ticket de compra retiras el coche gratuitamente, pero hay veces que el parking está a tope, y encontrar un hueco libre en zona azul [aparcamiento urbano destinado a los conductores que carecen de tarjeta de residente. El ticket de parking sale más económico que el de zona verde, utilizado por los empadronados en el barrio] es imposible a determinadas horas», afirma Luís, un ejecutivo en sus cincuenta que confiesa estar «enamorado» del mercado de la Paz. «Mi suegra me pide que le compre la lana de las mercerías de aquí para hacer los jerseys de los nietos».
Dan las 20.30 horas y en el mercado de la Paz se empieza a oír el ruido de cierre. Sus vallas de aluminio empiezan a echarse, el olor a pescadería impregna la atmósfera y sus dependientes comienzan a marcharse. El mercado poco a poco se va despoblando. Hasta mañana.










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