Las manos enfundadas de los agentes recorren su ondulado pelo rojo anaranjado, pasan por su oscura chaqueta de cuero ceñida y por las cremalleras que la clasifican; recorren el tutú que la viste y los pliegos de fina tela como de papel celofán con que se abriga el pecho, para concluir en su gran bolso negro, imposible de cerrar por los tochos de papel que alberga.
Elia tiene “cuarenta y muchos” y había sido bailarina de claqué hasta que, hace nueve años, uno de sus cuatro hijos murió. Sus cenizas las custodia la iglesia de Covadonga, junto al parque tan querido para ella, donde ahora se encuentra en compañía de su tío Jesús, de 59 años y ex guardia civil, y de David, 28 años y compañero de piso de su marido. Pese a que no ha dejado de sentirse “incómoda” por los frecuentes registros y redadas a los que se ve sometida, piensa que los policías españoles son muy buenos: “Te protegen y te cuidan, no como los de Méjico, que me robaron las joyas y una chaqueta”.
Mirada joven, de ojos verdes transparentes y, en apariencia, llenos de psicología. Elia se levanta a las ocho de la mañana todos los días y no termina su jornada hasta las dos de la noche atendiendo negocios: “Un centro de teleoperadores, un bar de copas al final de la calle López de Hoyos y una tienda de ropa en Gandía que abre en Semana Santa y cierra en octubre”, enumera al tiempo que asegura pagar “500 euros” por publicitar sus empresas en los principales periódicos nacionales mientras se hidrata el contorno de ojos. Ya dejó de regentar un hostal en la calle de San Marcos donde “un buen día” le hicieron una redada. “Lógicamente, no pasó nada. Enseñé el libro de registros, que siempre está en orden, y se fueron por donde habían venido”, narra Elia.
Elia, gran comunicadora y relaciones públicas, asegura que no tiene “nada que reprochar” a la policía, salvo la “mala imagen” de su bar de copas por las multas que acumula “por no cerrar a la hora que estipula la ley”. Pero, explica, restándolas importancia: “Soy una experta en hacer pliegos de descargo [escritos de alegaciones para evitar que una multa se tramite]”.
Quizá esa concepción tan positiva hacia los agentes de autoridad radique en la “buena voluntad” que demostraron el día en que dos de ellos timbraron a su ático de la calle Francisco Silvela. Traían una orden de registro. “No conocía la ley y daba cobijo a 38 gatos”. A partir del sexto animal, la Administración exige obtener la licencia de núcleo zoológico para asegurar las condiciones de higiene a los vecinos del inmueble, “que se chivaron”, apuntala. “Enseñé las cartillas de todos y cada uno de mis animales a una veterinaria que llegó a hacer la inspección y conseguí la licencia porque comprobaron que los gatos estaban atendidos”, relata emocionada. Medio en broma, Elia confiesa que toda su herencia “irá a parar a ellos” y a un podenco que también le hace compañía. Sus compañeros de tarde ríen: “¡Eso es amor por los animales!”.













