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domingo, 7 de febrero de 2010

Haití padece una profunda depresión_Fernando Prados, Médico del Samur desplazado a la catástrofe: "Tras el terremoto, el Gobierno desapareció"

Cuentan que el negro es el color de la fatalidad y del pesimismo. Simbólicamente, de la ausencia de "luz", necesaria, según algunos eruditos y guías espirituales, para reconstruirnos y rehacer nuestras vidas en estados de depresión. Negros son los haitianos y su realidad, a tenor de los últimos hechos, se perfila del mismo color, el del Tercer Mundo.

Haití, sumido en la pobreza, el caos y la inestabilidad política parece no presentar resquicio alguno donde albergar esperanza, fondear orgullosas banderas y escudos y cantar «La Dessalinienne», su himno nacional.

Puerto Príncipe es hoy una capital ocupada por las tropas internacionales, dependiente de la solidaridad del resto de naciones y ataviada por toneladas de escombro. La miseria, la ruina y el hambre son los únicos motores de crecimiento disponibles para una economía salpicada por la corrupción y la delincuencia. O, al menos, así lo indica la ONU en su Índice de Desarrollo Humano al colocar al país antillano en el puesto 150 de 177. El más pobre de América.

El toque de gracia

Sin ley y sin Estado, la precaria normalidad que vivía la población de Haití antes del terremoto terminó por derrumbarse durante los quince segundos que duró la sacudida, el pasado 12 de enero; y con ella, instituciones públicas, ministerios y hasta el mismísimo Palacio Presidencial, poco sólidos pero, en definitiva, emblemas de independencia y funcionamiento como nación, se vinieron abajo. Decenas de miles de almas sepultadas bajo sus propias casas, familias enteras fallecidas y miles de huérfanos son sólo pinceladas de una realidad que Fernando Prados, jefe del departamento de protección civil del Samur conoce muy bien.
«Recibí una llamada. Me dijeron que en Haití había habido un terremoto. Me preguntaron si quería ir a la zona afectada y dije que sí».

Allí pasó doce días. Al llegar, le sorprendió que no existiera ningún tipo de organización gubernamental: «La diferencia de Haití con las demás misiones a las que he asistido —Indonesia, Pakistán, Marruecos y El Salvador— es que todo era un caos. Así como en los tsunamis de Banda Aceh, la mayor catástrofe natural de la historia conocida, había una organización general por parte de sus poderes públicos, en Haití el Gobierno desapareció».

Tras casi cuatro horas dando vueltas sobre el aeropuerto de Puerto Príncipe, Prados, acompañado de un equipo de dos anestesistas, un pediatra, nueve médicos de emergencias, técnicos, enfermeros y 21 toneladas de material quirúrgico tocó tierra: «Fue realmente difícil llegar allí. El aeropuerto lo controla EE.UU. y son ellos quienes dan la orden de aterrizaje o despegue».

Supeditados a las órdenes de los Cascos Azules de la ONU en todo momento, Prados y su equipo contrataron a un conductor «que sólo tenía combustible para 70 u 80 kilómetros» para tomar contacto con la situación real. Tras observar las condiciones en que se encontraba el hospital universitario de La Paz Fernando Prados supo que allí establecerían su base de operaciones: «En Haití hemos podido comprobar lo que es la “medicina de catástrofe” de verdad, esa en que la demanda asistencial supera las capacidades que tienes de atenderla. Teníamos que hacer una criba para centrarnos sólo en las vidas que pudiéramos salvar. A los que se morían, sólo podíamos anestesiarlas para calmar su dolor».

En turnos de doce horas, «trabajando a destajo», pusieron en marcha tres quirófanos donde atendieron, sobre todo, amputaciones por necrosis. «Tardamos cinco días en organizarnos. No dejaban de llegarnos gente envuelta en cartones y tumbados en las puertas de los edificios derrumbados.
Aunque Prados reconoce que el comportamiento de los haitianos heridos fue excelente: «Sabían en todo momento que su vida dependía de nosotros y se pusieron en nuestras manos», el doctor tuvo la sensación de que «los haitianos sanos no ayudaban. Aquí no existía eso de que la gente se acercara a colaborar».

Una buena noticia

En los primeros días, Fernando Prados y su equipo no atendió ningún parto: «Era raro porque los niños no dejan de nacer, aunque si yo fuera una madre no hubiera elegido aquel hospital para dar a luz a mi hijo», explicó el médico. Pero, «Al tercer día nos llegó una embarazada enferma. Todos pensábamso que extraeríamos un feto muerto, mas no fue así. El nacimiento de aquella niña significó la primera buena noticia de aquella estancia».

Más adelante llegó otra. Una niña, nuevamente: «Había estado seis días bajo los escombros y parecía un cadáver. La trajo su madre, que cuando fue a llorarla al lugar donde, creía, había muerto oyó su voz entre la ruina. Llamó a los servicios de rescate y consiguieron salvarla. Estaba deshidratada pero, en seis horas, la niña comenzó a moverse y a mejorar.

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